martes, 2 de diciembre de 2008

PONGAMOS QUE HABLO DE MADRID, POR UNA PROVINCIANA

Pongamos, por poner, que hablo de Madrid. Un lugar donde todo parece surgir del céntrico punto kilómetrico cero. El punto de mira hacia el que todo centralista tiene que girar su cuello si quiere enterarse de lo que acontece en el universo de esta España rendida a los dos cojones y las banderillas toreras --de las que se comen y de las que se clavan--.
Circulando, acorde con tal entusiasto sentimiento capitalino y soberbio, una muchachilla venida de provincias llega a la que fue su casa tras más de dos años de ausencia. Allí se encuentra con algo a lo que nunca daría importancia si no fuera porque los años no pasan en balde. No, no lo piensen ustedes, no es que ronde los cincuenta. Es que a veces, en la lejanía, las cosas se suelen ver de distinta manera.
Por ello, cuando se encuentra con su ex pareja en un afamado centro comercial de venta "ambulante" de libros al por mayor, excento del encanto de esas pequeñas librerías provincianas no puede por menos que reflexionar. ¿Dónde se encuentra el tendero que con tanto ahínco me enseñaba las nuevas novedades editoriales y enfocaba mi lectura hacia nuevos ámbitos de conocimiento? De eso, señores, no queda nada. De hecho, si preguntas a uno de esos hombres o mujeres que supuestamente deben conocer gran parte de lo que en su tienda se conoce, ellos simplemente responden con un... "no sé, tal vez encuentre algo en la base de datos del centro". Nadie parece saber nadie.
Desilusionada, abandono el lugar por una de las puertas traseras del recinto. Tampoco es cuestión de hacerse notar en demasía. Mis pasos se dirigen ahora hacia la Gran Vía. Allí, un hombre, parece tener todas las respuestas al tiempo de desaceleración económica que vivimos en estos momentos --para algunos-- o la consabida crisis para otros.
Asustada ante tanta elocuencia, no tengo por menos que quedarme a escuchar como ese hombre da instrucciones acerca de la vida y la situación financiera. Enjunto, canoso y regordete el señor asegura al limpiabotas --afanado en pulir bien los zapatos de más de 90 euros del hombre-- la situación actual. "Todo querido amigo responde a la caída del muro de Berlín, desde entoces el capitalismo ha ido uniéndose a ideas marxista que han hecho que nuestro sistema financiero cambie". Yo, que solamente soy una provinciana, jamás llegaré a enteder este alegato.
Continúo mi marcha observando que la crisis no debe ser para tanto. Todos los centros de ocio están llenos. Al fondo, el teatro de Gran Vía cuelga su cartel de "no hay entradas". En todos los años que estuve cohabitando con esta inmensa ciudad tan sólo he podido asistir a tres obras de teatro alternativo, de esas que no tienen mucha publicidad. Aquellas cuya entrada cuesta más de 60 euros siempre tenían ese mismo cartel. Por ello, en más de una ocasión he llegado a pensar que todo se trataba de una campaña de marketing bien estipulada para generar entre los consumidores más ansiedad hacia el producto ofertado haciéndoles pensar eso de "coño, si está lleno será poque la obra está bien". Tampoco vamos a ser malos, las obras teatrales de Madrid son mejores cuando se ven en Madrid y no tienen nada que ver con su misma representación en las provincias aún cuando la compañía teatral y los actores principales sean los mismos. Es lo que hay. Es el encanto de la gran ciudad que nunca duerme, ¿o eso era Nueva York?
Continúo mi marcha y giro a la derecha para entrar en la calle Montera. Esta calle tiene mayor encanto. Al menos es realista o surrealista. Los vecinos están cansados de la prostitución, los policías miran a las prostitutas desde su nueva sede ubicada justo enfrente de una gran tienda de vestidos de novia. Recuerdo con melancolia la primera vez que entré en esta calle. A ambos lados un grupo de prostitutas latinoaméricanas en su mayoría y rumanas en suminoría colpasaban las aceras. Algunas miraban vestidos de novias, y es que, en esta calle hay al menos cuatro tiendas que venden sus productos de ensueño. Lo paradójico de la situación es que la gran mayoría de los clientes de estas mujeres son hombres casados, padres de familia y conservadores tal y como ellas alguna vez me han comentado. Por ello, desde el distanciamiento del tiempo pienso ahora que lo que en un principio me pareció una mirada de ensoñación tal vez sea unamanera de mirar irónicamente un futuro que desean no sufrir. Mayka, una de esas mujeres avejentada por el frío de la noche, sube ahora hacia una pensión donde ha alquilado una habitación. Acompañada, por supuesto. No intenten buscar a Mayka, evidentemente este es un seudónimo que me he inventado sobre la marcha. Si les diré que la mujer de la que hablo no es ficticia, que está casada y que tiene dos hijos en un país lejano a los que intenta traer de regreso. Este trabajo supletorio le ayuda a vivir en una ciudad donde los pisos en alquiler, a pesar de haber bajado, todavía se encuentran por encima de los posibles de muchas personas.
La pronvinciana continúa caminando. Ahora me siento más segura, vuelvo a formar parte de la gran masa de población anónima de Madrid. Entro en el metro sin recordar ya el plano del mismo. Ahora jamás me podría presentar a ese popular concurso donde conocer las estaciones de este tren urbano es imprescindible para un buen éxito. Próxima parada: Puente de Vallecas.

jueves, 23 de octubre de 2008

RECUERDOS

Que recuerdos vienen a mi memoria, de aquellos intensos dias vividos con Marujita y Vicenta. Marujta era la alegría de la huerta, dicharachera, alegre, coqueta, sonriente, amable, adicta a la tele-tienda, cuantos hermosos recuerdos nos dejo: 16 quitapelusas, 2 camas hinchables, 5 picalotodo, la fregona superabsorbente, los cinco juegos de cuchillos, ocho juegos de plantillas, y asi un largo etc. de recuerdos.

En cuanto a Vicenta, que decir de ella. Vicenta era culta, siempre leyendo, siempre queriendo saber mas, siempre con una pregunta en la boca: ¿Que es una clepsidra? ¿Que es un cínife?¿Que es una atarazana?...y así hasta el infinito y mas allá. Siempre pense que el peso de la cultura acabaría con ella. Aciago presentimiento.

Hoy al cumplirse dos años de tan infaustos acontecimiento, el pesar me embarga. ¡Uy! las cinco la hora del té. Os dejo por ahora, amigos, ya veis es la hora del té.

miércoles, 22 de octubre de 2008

El dolor de un corazón enegrecido



Hoy se cumplen dos años de aquel suceso. Entre las frías sábanas de mi alcoba, suspiro aún por ella. Así era Marujita. Llena de vida. Aún recuerdo cuando la conocí. Aquello fue un flechazo de amor, algo que desafiaba intensamente mis sentidos y me hacía padecer oleadas de ternura. Su cuerpo de ébano, tendido en el suelo cual sirena, me hizo saber que aquel sin duda era mi primer amor.

El caso de Vicenta, fue diferente. No es que sea xenófoba pero al fin y al cabo, todos tenemos nuestros prejuicios.
Si Marujita me había hechizado con su amor... Vicenta me repelía. Sus piernas no eran piernas, sus ojos no eran ojos, su boca,.... su boca era algo que yo nunca querría besar.
En cambio Marujita era diferente. Ella me miraba con sus ojillos ennegrecidos como el carbón salido directamente del "chamizu" y me hacía tiritar de amor enfebrecido. La amaba. Creo que eso es y era evidente.
Por eso llore con tanto ahínco su muerte. Con ella se marchaba toda una vida de sueños, de proyectos compartidos, de misterios de la vida por resolver. Lo de Vicenta, sí, lo confieso. Así lo declaré ante el juez y así se lo digo a usted.
La maté porque la odiaba por separado y aunando sus ocho patas. La maté porque era deforme y porque su vida hacía que la mía no tuviera sentido. No sentí remordimiento. Lo mío sólo se podría calificar como auténtico pavor no producido por un asesinato. Ya he pagado mi deuda. No me importa.
Si la curiosidad les mata les diré que fui yo quién lo hice. Con la premeditación propia del homicida cogí el diccionario de la RAE y apunte con la A --de asquerosa araña-- a Vicenta. Tras ello, sus patas se encogieron. La enterré fuera del pueblo en un descampado, sin embargo la locura en la que me encontraba sumida hizo posible el más incierto de los imposibles. Mi vecino me vio portando el cadáver segundos antes de cavar su tumba en la tierra. Ese fue mi error, pero por ello la he cumplido condena. Sin duda se asustó por su cara angelical. Pero yo sabía que era solo fachada.
El caso de Marujita fue diferente. Un día, sin saber bien cómo ni por qué, apareció muerta. Sus antenillas ya no dibujaban corazones de amor. Su cuerpo de ébano yacía ahora ante mí, sin la vida que tanto me había llegado.

Al entierro, queridos amigos, fueron multitud de amigos. Todos los "buenos" bichos del lugar acudieron. El sacerdote, vestido con un frac verde, encomendó su alma al Creador. Nunca, en todo el país, hubo tanto duelo por la muerte de una cucaracha. Y es que, Marujita, llenaba todas y cada una de las vidas que tocaba.

Hoy, cuando se cumplen dos años de su muerte siento más que nunca su pena.

Descansa en paz, amor. Nosotros nunca te olvidamos.