domingo, 11 de octubre de 2009

borrador de algo I

Tenía 17 años y ya no ocupaba su lugar en el mundo, pero aquello no era algo que le interesara especialmente ni que supusiera para ella un hándicap en su camino. Después de todo, ya había pasado por perores cosas. A pesar de saber que su lugar ya no estaba allí, Xenia continúo caminando por el sendero que se retorcía antes sus ojos. Pronto llegaría el momento en que su espíritu abandonaría el mundo de los vivos para unirse en armonía con de sus antepasados.
El proceso iniciático, que había comenzado con la llegada del ocaso, culminaba ahora dejándola exhausta. Desde el lugar donde ocupaba en la cima de la montaña, divisaba a lo lejos las colinas nevadas. Sabía que nunca iba a volver a tocarlas y por ese motivo, no le importó verse perdida en la inmensidad de sus recuerdos mientras que caía sobre el resquebrajadizo hielo que cubría el suelo. Pronto sería la festividad de todos los santos y ella caminaría portando el cirio y buscando nuevas almas a las que llevar consigo.
Una mano esquelética se apoyo sobre su hombro sin que la sintiera. Era el anuncio de la muerte. A lo lejos una vieja balada sonaba. Tal vez una nana entonada en mitad de la noche para dormir a un infante. Ella nunca tendría hijos, su vientre se marchitaría sobre sus huesos sin engendrar vástago alguno. Así estaba predestinado y así lo había sellado cuando decidió formar parte de aquella cofradía antiquísima que se remontaba en el tiempo a épocas remotas de sus antepasados. Luego estaba él, al que nunca volvería a ver. Se rindió ante el recuerdo de unos ojos verdes que la observaban en la penumbra y le suplicaban que regresará a ella. “No es tiempo de rendirse, despierta”. Pero no podía. Había visto demasiada sangre aquel día, había sido ejecutora en la batalla matando a su propia sangre. El cuerpo de su madre yacía ante ella inerte tras haberle suministrado la poción de la muerte, un fuerte licor a base de láudano que la dormiría por la eternidad. Después había visto como los soldados entraban y rompían lo poco que quedaba del lugar donde había nacido y se había criado. Así estaba inscrito en el destino.
Tras habérsele impuesto la toga negra, Xenia sabía sin lugar a dudas que esa sería la última vez que vería la luz del día. Por eso, abrió los ojos de par en par y pensó en todo lo que había perdido aquel día cuando decidió rendirse a lo evidente e iniciar su marcha hacia las tierras del oriente con el objetivo de avisar de la llegada del invasor al siguiente poblado. Con el objetivo de salvar todas las vidas que pudiera, tal y como había jurado ese día antes de que todo se sucediera. Agotada, Xenia se rindió a la evidente muerte.