martes, 17 de noviembre de 2009

Requiem excéntrico

Hija mía es mejor vivir

con la alegría de los hombres

que llorar ante el muro ciego.

Yo sé muy bien que te dirán

que la vida no tiene objeto

que es un asunto desgraciado.

Tu destino está en los demás

tu futuro es tu propia vida

tu dignidad es la de todos. (1)


Vestía piratas a la moda y sonreía sin dientes. En su barba de califa una sintonía de colores. Su gafa distante no mostraba sus ojos castaños. Quizás, por eso, para parecerse a John Lennon dibujó su propia mirada azulona bajo unas lentes redondas con unos "güeyos" pintandos. En verano, cuando el calor hacia de las suyas --y a pesar de proceder de un clima mucho más cálido-- incorporaba a su gorra con visera un extraño artilugio. Éste, como guiado por la providencia, comenzaba a girar dándole una bocanada de aire fresco. Su cayado multiuosos, reposa hoy sobre su ataúd.

No hubo gaitas. Aunque siempre las habías querido. La familia decidió enterrarte acorde a las normas sociales y no caer en extravagancias. Te juro que durante la misa estaba entonando tu canción preferida. La gente me miraba raro. Siempre una va a los entierros modosita y de riguroso negro. Pero yo no podía despedirme de ti de esa manera. Así que fui como a ti te hubiera gustado que fuera. Pinte los güeyos --por cierto, hoy se tiñeron de riguroso verde pero no solté ni una lágrima eh? cumplí con nuestro pacto--y me puse mis mejores vaqueros. Esos que se te ajustan donde se tienen que ajustar. Maquille una sonrisa y me planté las trenzas como cuando era pequeña. ¿Te acuerdas?

Hoy no tenía ninguna bolsa de patatas sobre la mesa del chigre como cuando era canija. Tampoco era mi primera cerveza contigo aunque hice de tripas corazón y me tome una a tu salud. Estoy pensando.... ¿le has llevado la carta? Siempre te tacharon de loco pero mejor que nadie entendiste los mecanismos de defensa de una niña de ocho años que pierde a su abuelo. Todavía me acuerdo la cara de tonto que pusiste cuando te dije, ya oscureciendo, que me marchaba de casa para llevarle una carta.

-"Tu güelu ta nel cielu, neña".

-Lo sé.

-Entos ¿u vas?

-A dejar la carta en el cementerio pero no se la dirección.

-Yo la cojo y se la doy cuando tomemos otra pinta juntos.

Desde lo poco que queda ya de esa neña te digo una cosa.... A mi no me digaís luego que os cubra en vuestras andanzas ni que mienta por vosotros cuando llegue a casa. Y que sepaís que ahora me vendo más cara... así que a la bolsa de patatas añades una cebolleta grande y una bolsa de gominolas. Aunque pensándolo bien, a nadie le puede importar que después de muertos sigaís teniendo vuestros vicios.

Por cierto, no busquéis a Franco en el infierno... yo ya sé que siempre pensaste que te lo ibas a encontrar allí y que podrías calzarle un par de leches, pero es que lo mismo se arrepintió en el último momento y está sentado a la derecha del padre. ¿Te arrepentiste tú? Nun creo. Buenu ye el mio "califa". Olvidate que estoy pensando yo, en la soledad de la patata y a las tres de la mañana, que no lo vas a encontrar. Por cierto, da recuerdos a güe. Le dices que por aquí se nota la falta y que no estaría mal que de vez en cuando me viniera a visitar con la güelina. Ya que esta paisana nun para de dame la coña, por lo menos que traiga compañía agradable. Vente tú si quieres. Que raro que no te despidieras...

¿Qué va a ser de tu roxa ahora? Enmozará seguramente. ¿Sabes qué...? Hoy me dijeron que era igual que tú. Y tú siempre me dices que soy igual que él. Deberiaís aclararos. Me estaís volviendo la cabeza loca. El peque también te hecha de menos. Estuvimos hablando de ti. Creo que se cierra una época contigo. ¿A quién van a querer encerrar ahora en un manicomio cuando va a ver a un colega? Dime.

La verdad es que me faltas. Pero como tú me dijiste...

Nunca te entregues

ni te apartes junto al camino,

nunca digas no puedo más

y aquí me quedo.

Por lo demás no hay elección

y este mundo tal como es

será todo tu patrimonio.

Y ahora yo te digo, que por muy bien que escriba, por mucho que lea, por muchas cosas que sepa hacer, escribirte estas líneas es una tortura, una cura y sobre todo una gran desfachatez, porque escribir como si estuviera hablando contigo cuando ya no estas,... es sumamente complicado. Así que utilzaré el libro de Goytisolo que me regalaste hace años...

Perdóname no sé decirte nada más

pero tú comprende

que yo aún estoy en el camino. (2)

(1) y (2) Extracto de Palabras para julia de Juan Goytisolo.

............................NOS VOLVEREMOS A VER, AMIGO... ABUELO...................................................

domingo, 15 de noviembre de 2009

Días de caracol.

Nunca llueve eternamente en la ciudad de los sueños. Los días de caracol, amargos, transcurren dando lugar a un día de sol, quizás de orbayu, quizás con viento ondeante sobre los rostros de aquellos que ya no quieren sentir el aire. Caminas a la deriva. Metodológicamente, con método prácticamente científico, analizas las variables que al final se convierten en rasgos de su atractivo, rasgos de su personalidad, rasgos que se evaporan. Te despides. No queda más remedio que aceptar. Y aceptas, en un último intento por mantenerte coherente, que su final ha llegado. Que su aliento se va a apagar y que debes ayudarle a cruzar. Te despides de tu propia sangre sangre.
Sentada, leyendo un libro en cualquier bar observas los rostros de las personas que te rodean cautelosamente. Rebosan felicidad. Es viernes. Cualquier viernes del calendario. Siempre el mal de muchos fue el consuelo de los tontos. Reconoces para ti mismo, con amargura, que tarde o temprano tus cigarros volverán a saber a sal y un regustillo agridulce se abre paso en tu mente.
Amores que van y vienen, llegan , escapan, “porque amores que matan nunca mueren, porque amores que mueren nunca matan”… Recuerdas. Sientes. Ves. “La primavera la sangre altera”. Perdonen mi vehemencia, las grandes epopeyas de amor siempre suceden en otoño. No me imagino un “Lo que el viento se llevó” sin su tierra yerma y su hoja cayendo del árbol arrastrada por el temporal. “Francamente, querida...” , no hubiera sido lo mismo.
Termino mi cerveza, esperando que todos en casa estén dormidos. Pero sé que hoy no será mi día de suerte. Comienzo a caminar. Me cruzo con varias parejas que miran espantadas mi soledad. No hay mejor compañía que la de uno mismo. Pienso en la última vez que estuve en compañía. Relatos de cariño bien fingidos que incrementan la soledad de las horas anteriores al alba cuando todo permanece en silencio. Porque al caer la lluvia, la ciudad de los sueños borra sus colores.
Corazón o razón. Apenas retazos de lo que un día fuiste. Todo se apaga. Todo se muere. Pienso en conversaciones pasadas. Son muchos años de rol adquirido que impiden diferenciar la persona del personaje. ¿Qué tal estas? Acatarrada. ¿Qué tal estas? Un poco mareada. Nos vamos acercando a la verdad, que siempre es una mentira a medias.
“Llevatela lejos, contigo” y en ese momento el cigarro comienza a volverse amargo, salado, agridulce. Y pienso en él, en la persona a la que quise. Él que nunca va a volver. Él que ahora es una lápida en el cementerio donde una parte de mi corazón anunció un cerrado por derribo. “Escribe, pinta, sonríe” me decías. Pero ya no puedo enseñarte mis textos, ya no puedo pintarte con mis colores y mi sonrisa hace años que no llega a mis ojos. Los días de caracol, cuando ya no puedo sentir tu cálido abrazo, se convierten en días de caracol a secas.
Llegan unos vecinos. Los saludo. Una sonrisa. Un buenas noches. Otro cigarro. Es tan fácil fingir. Subo a casa.
-¿Qué tal todo?
-Bien.
-¿Te reíste mucho con la actuación?
-Créeme mamá… lloré y todo.

Y la mentira a medias se convierte en la verdad universal en la ciudad de los sueños.

AVEC LE TEMPS, VA, TOUT S’EN VA
LEO BARRÉ

domingo, 11 de octubre de 2009

borrador de algo I

Tenía 17 años y ya no ocupaba su lugar en el mundo, pero aquello no era algo que le interesara especialmente ni que supusiera para ella un hándicap en su camino. Después de todo, ya había pasado por perores cosas. A pesar de saber que su lugar ya no estaba allí, Xenia continúo caminando por el sendero que se retorcía antes sus ojos. Pronto llegaría el momento en que su espíritu abandonaría el mundo de los vivos para unirse en armonía con de sus antepasados.
El proceso iniciático, que había comenzado con la llegada del ocaso, culminaba ahora dejándola exhausta. Desde el lugar donde ocupaba en la cima de la montaña, divisaba a lo lejos las colinas nevadas. Sabía que nunca iba a volver a tocarlas y por ese motivo, no le importó verse perdida en la inmensidad de sus recuerdos mientras que caía sobre el resquebrajadizo hielo que cubría el suelo. Pronto sería la festividad de todos los santos y ella caminaría portando el cirio y buscando nuevas almas a las que llevar consigo.
Una mano esquelética se apoyo sobre su hombro sin que la sintiera. Era el anuncio de la muerte. A lo lejos una vieja balada sonaba. Tal vez una nana entonada en mitad de la noche para dormir a un infante. Ella nunca tendría hijos, su vientre se marchitaría sobre sus huesos sin engendrar vástago alguno. Así estaba predestinado y así lo había sellado cuando decidió formar parte de aquella cofradía antiquísima que se remontaba en el tiempo a épocas remotas de sus antepasados. Luego estaba él, al que nunca volvería a ver. Se rindió ante el recuerdo de unos ojos verdes que la observaban en la penumbra y le suplicaban que regresará a ella. “No es tiempo de rendirse, despierta”. Pero no podía. Había visto demasiada sangre aquel día, había sido ejecutora en la batalla matando a su propia sangre. El cuerpo de su madre yacía ante ella inerte tras haberle suministrado la poción de la muerte, un fuerte licor a base de láudano que la dormiría por la eternidad. Después había visto como los soldados entraban y rompían lo poco que quedaba del lugar donde había nacido y se había criado. Así estaba inscrito en el destino.
Tras habérsele impuesto la toga negra, Xenia sabía sin lugar a dudas que esa sería la última vez que vería la luz del día. Por eso, abrió los ojos de par en par y pensó en todo lo que había perdido aquel día cuando decidió rendirse a lo evidente e iniciar su marcha hacia las tierras del oriente con el objetivo de avisar de la llegada del invasor al siguiente poblado. Con el objetivo de salvar todas las vidas que pudiera, tal y como había jurado ese día antes de que todo se sucediera. Agotada, Xenia se rindió a la evidente muerte.

martes, 2 de diciembre de 2008

PONGAMOS QUE HABLO DE MADRID, POR UNA PROVINCIANA

Pongamos, por poner, que hablo de Madrid. Un lugar donde todo parece surgir del céntrico punto kilómetrico cero. El punto de mira hacia el que todo centralista tiene que girar su cuello si quiere enterarse de lo que acontece en el universo de esta España rendida a los dos cojones y las banderillas toreras --de las que se comen y de las que se clavan--.
Circulando, acorde con tal entusiasto sentimiento capitalino y soberbio, una muchachilla venida de provincias llega a la que fue su casa tras más de dos años de ausencia. Allí se encuentra con algo a lo que nunca daría importancia si no fuera porque los años no pasan en balde. No, no lo piensen ustedes, no es que ronde los cincuenta. Es que a veces, en la lejanía, las cosas se suelen ver de distinta manera.
Por ello, cuando se encuentra con su ex pareja en un afamado centro comercial de venta "ambulante" de libros al por mayor, excento del encanto de esas pequeñas librerías provincianas no puede por menos que reflexionar. ¿Dónde se encuentra el tendero que con tanto ahínco me enseñaba las nuevas novedades editoriales y enfocaba mi lectura hacia nuevos ámbitos de conocimiento? De eso, señores, no queda nada. De hecho, si preguntas a uno de esos hombres o mujeres que supuestamente deben conocer gran parte de lo que en su tienda se conoce, ellos simplemente responden con un... "no sé, tal vez encuentre algo en la base de datos del centro". Nadie parece saber nadie.
Desilusionada, abandono el lugar por una de las puertas traseras del recinto. Tampoco es cuestión de hacerse notar en demasía. Mis pasos se dirigen ahora hacia la Gran Vía. Allí, un hombre, parece tener todas las respuestas al tiempo de desaceleración económica que vivimos en estos momentos --para algunos-- o la consabida crisis para otros.
Asustada ante tanta elocuencia, no tengo por menos que quedarme a escuchar como ese hombre da instrucciones acerca de la vida y la situación financiera. Enjunto, canoso y regordete el señor asegura al limpiabotas --afanado en pulir bien los zapatos de más de 90 euros del hombre-- la situación actual. "Todo querido amigo responde a la caída del muro de Berlín, desde entoces el capitalismo ha ido uniéndose a ideas marxista que han hecho que nuestro sistema financiero cambie". Yo, que solamente soy una provinciana, jamás llegaré a enteder este alegato.
Continúo mi marcha observando que la crisis no debe ser para tanto. Todos los centros de ocio están llenos. Al fondo, el teatro de Gran Vía cuelga su cartel de "no hay entradas". En todos los años que estuve cohabitando con esta inmensa ciudad tan sólo he podido asistir a tres obras de teatro alternativo, de esas que no tienen mucha publicidad. Aquellas cuya entrada cuesta más de 60 euros siempre tenían ese mismo cartel. Por ello, en más de una ocasión he llegado a pensar que todo se trataba de una campaña de marketing bien estipulada para generar entre los consumidores más ansiedad hacia el producto ofertado haciéndoles pensar eso de "coño, si está lleno será poque la obra está bien". Tampoco vamos a ser malos, las obras teatrales de Madrid son mejores cuando se ven en Madrid y no tienen nada que ver con su misma representación en las provincias aún cuando la compañía teatral y los actores principales sean los mismos. Es lo que hay. Es el encanto de la gran ciudad que nunca duerme, ¿o eso era Nueva York?
Continúo mi marcha y giro a la derecha para entrar en la calle Montera. Esta calle tiene mayor encanto. Al menos es realista o surrealista. Los vecinos están cansados de la prostitución, los policías miran a las prostitutas desde su nueva sede ubicada justo enfrente de una gran tienda de vestidos de novia. Recuerdo con melancolia la primera vez que entré en esta calle. A ambos lados un grupo de prostitutas latinoaméricanas en su mayoría y rumanas en suminoría colpasaban las aceras. Algunas miraban vestidos de novias, y es que, en esta calle hay al menos cuatro tiendas que venden sus productos de ensueño. Lo paradójico de la situación es que la gran mayoría de los clientes de estas mujeres son hombres casados, padres de familia y conservadores tal y como ellas alguna vez me han comentado. Por ello, desde el distanciamiento del tiempo pienso ahora que lo que en un principio me pareció una mirada de ensoñación tal vez sea unamanera de mirar irónicamente un futuro que desean no sufrir. Mayka, una de esas mujeres avejentada por el frío de la noche, sube ahora hacia una pensión donde ha alquilado una habitación. Acompañada, por supuesto. No intenten buscar a Mayka, evidentemente este es un seudónimo que me he inventado sobre la marcha. Si les diré que la mujer de la que hablo no es ficticia, que está casada y que tiene dos hijos en un país lejano a los que intenta traer de regreso. Este trabajo supletorio le ayuda a vivir en una ciudad donde los pisos en alquiler, a pesar de haber bajado, todavía se encuentran por encima de los posibles de muchas personas.
La pronvinciana continúa caminando. Ahora me siento más segura, vuelvo a formar parte de la gran masa de población anónima de Madrid. Entro en el metro sin recordar ya el plano del mismo. Ahora jamás me podría presentar a ese popular concurso donde conocer las estaciones de este tren urbano es imprescindible para un buen éxito. Próxima parada: Puente de Vallecas.

jueves, 23 de octubre de 2008

RECUERDOS

Que recuerdos vienen a mi memoria, de aquellos intensos dias vividos con Marujita y Vicenta. Marujta era la alegría de la huerta, dicharachera, alegre, coqueta, sonriente, amable, adicta a la tele-tienda, cuantos hermosos recuerdos nos dejo: 16 quitapelusas, 2 camas hinchables, 5 picalotodo, la fregona superabsorbente, los cinco juegos de cuchillos, ocho juegos de plantillas, y asi un largo etc. de recuerdos.

En cuanto a Vicenta, que decir de ella. Vicenta era culta, siempre leyendo, siempre queriendo saber mas, siempre con una pregunta en la boca: ¿Que es una clepsidra? ¿Que es un cínife?¿Que es una atarazana?...y así hasta el infinito y mas allá. Siempre pense que el peso de la cultura acabaría con ella. Aciago presentimiento.

Hoy al cumplirse dos años de tan infaustos acontecimiento, el pesar me embarga. ¡Uy! las cinco la hora del té. Os dejo por ahora, amigos, ya veis es la hora del té.

miércoles, 22 de octubre de 2008

El dolor de un corazón enegrecido



Hoy se cumplen dos años de aquel suceso. Entre las frías sábanas de mi alcoba, suspiro aún por ella. Así era Marujita. Llena de vida. Aún recuerdo cuando la conocí. Aquello fue un flechazo de amor, algo que desafiaba intensamente mis sentidos y me hacía padecer oleadas de ternura. Su cuerpo de ébano, tendido en el suelo cual sirena, me hizo saber que aquel sin duda era mi primer amor.

El caso de Vicenta, fue diferente. No es que sea xenófoba pero al fin y al cabo, todos tenemos nuestros prejuicios.
Si Marujita me había hechizado con su amor... Vicenta me repelía. Sus piernas no eran piernas, sus ojos no eran ojos, su boca,.... su boca era algo que yo nunca querría besar.
En cambio Marujita era diferente. Ella me miraba con sus ojillos ennegrecidos como el carbón salido directamente del "chamizu" y me hacía tiritar de amor enfebrecido. La amaba. Creo que eso es y era evidente.
Por eso llore con tanto ahínco su muerte. Con ella se marchaba toda una vida de sueños, de proyectos compartidos, de misterios de la vida por resolver. Lo de Vicenta, sí, lo confieso. Así lo declaré ante el juez y así se lo digo a usted.
La maté porque la odiaba por separado y aunando sus ocho patas. La maté porque era deforme y porque su vida hacía que la mía no tuviera sentido. No sentí remordimiento. Lo mío sólo se podría calificar como auténtico pavor no producido por un asesinato. Ya he pagado mi deuda. No me importa.
Si la curiosidad les mata les diré que fui yo quién lo hice. Con la premeditación propia del homicida cogí el diccionario de la RAE y apunte con la A --de asquerosa araña-- a Vicenta. Tras ello, sus patas se encogieron. La enterré fuera del pueblo en un descampado, sin embargo la locura en la que me encontraba sumida hizo posible el más incierto de los imposibles. Mi vecino me vio portando el cadáver segundos antes de cavar su tumba en la tierra. Ese fue mi error, pero por ello la he cumplido condena. Sin duda se asustó por su cara angelical. Pero yo sabía que era solo fachada.
El caso de Marujita fue diferente. Un día, sin saber bien cómo ni por qué, apareció muerta. Sus antenillas ya no dibujaban corazones de amor. Su cuerpo de ébano yacía ahora ante mí, sin la vida que tanto me había llegado.

Al entierro, queridos amigos, fueron multitud de amigos. Todos los "buenos" bichos del lugar acudieron. El sacerdote, vestido con un frac verde, encomendó su alma al Creador. Nunca, en todo el país, hubo tanto duelo por la muerte de una cucaracha. Y es que, Marujita, llenaba todas y cada una de las vidas que tocaba.

Hoy, cuando se cumplen dos años de su muerte siento más que nunca su pena.

Descansa en paz, amor. Nosotros nunca te olvidamos.