Nunca llueve eternamente en la ciudad de los sueños. Los días de caracol, amargos, transcurren dando lugar a un día de sol, quizás de orbayu, quizás con viento ondeante sobre los rostros de aquellos que ya no quieren sentir el aire. Caminas a la deriva. Metodológicamente, con método prácticamente científico, analizas las variables que al final se convierten en rasgos de su atractivo, rasgos de su personalidad, rasgos que se evaporan. Te despides. No queda más remedio que aceptar. Y aceptas, en un último intento por mantenerte coherente, que su final ha llegado. Que su aliento se va a apagar y que debes ayudarle a cruzar. Te despides de tu propia sangre sangre.
Sentada, leyendo un libro en cualquier bar observas los rostros de las personas que te rodean cautelosamente. Rebosan felicidad. Es viernes. Cualquier viernes del calendario. Siempre el mal de muchos fue el consuelo de los tontos. Reconoces para ti mismo, con amargura, que tarde o temprano tus cigarros volverán a saber a sal y un regustillo agridulce se abre paso en tu mente.
Amores que van y vienen, llegan , escapan, “porque amores que matan nunca mueren, porque amores que mueren nunca matan”… Recuerdas. Sientes. Ves. “La primavera la sangre altera”. Perdonen mi vehemencia, las grandes epopeyas de amor siempre suceden en otoño. No me imagino un “Lo que el viento se llevó” sin su tierra yerma y su hoja cayendo del árbol arrastrada por el temporal. “Francamente, querida...” , no hubiera sido lo mismo.
Termino mi cerveza, esperando que todos en casa estén dormidos. Pero sé que hoy no será mi día de suerte. Comienzo a caminar. Me cruzo con varias parejas que miran espantadas mi soledad. No hay mejor compañía que la de uno mismo. Pienso en la última vez que estuve en compañía. Relatos de cariño bien fingidos que incrementan la soledad de las horas anteriores al alba cuando todo permanece en silencio. Porque al caer la lluvia, la ciudad de los sueños borra sus colores.
Corazón o razón. Apenas retazos de lo que un día fuiste. Todo se apaga. Todo se muere. Pienso en conversaciones pasadas. Son muchos años de rol adquirido que impiden diferenciar la persona del personaje. ¿Qué tal estas? Acatarrada. ¿Qué tal estas? Un poco mareada. Nos vamos acercando a la verdad, que siempre es una mentira a medias.
“Llevatela lejos, contigo” y en ese momento el cigarro comienza a volverse amargo, salado, agridulce. Y pienso en él, en la persona a la que quise. Él que nunca va a volver. Él que ahora es una lápida en el cementerio donde una parte de mi corazón anunció un cerrado por derribo. “Escribe, pinta, sonríe” me decías. Pero ya no puedo enseñarte mis textos, ya no puedo pintarte con mis colores y mi sonrisa hace años que no llega a mis ojos. Los días de caracol, cuando ya no puedo sentir tu cálido abrazo, se convierten en días de caracol a secas.
Llegan unos vecinos. Los saludo. Una sonrisa. Un buenas noches. Otro cigarro. Es tan fácil fingir. Subo a casa.
-¿Qué tal todo?
-Bien.
-¿Te reíste mucho con la actuación?
-Créeme mamá… lloré y todo.
Y la mentira a medias se convierte en la verdad universal en la ciudad de los sueños.
AVEC LE TEMPS, VA, TOUT S’EN VA
LEO BARRÉ
Sentada, leyendo un libro en cualquier bar observas los rostros de las personas que te rodean cautelosamente. Rebosan felicidad. Es viernes. Cualquier viernes del calendario. Siempre el mal de muchos fue el consuelo de los tontos. Reconoces para ti mismo, con amargura, que tarde o temprano tus cigarros volverán a saber a sal y un regustillo agridulce se abre paso en tu mente.
Amores que van y vienen, llegan , escapan, “porque amores que matan nunca mueren, porque amores que mueren nunca matan”… Recuerdas. Sientes. Ves. “La primavera la sangre altera”. Perdonen mi vehemencia, las grandes epopeyas de amor siempre suceden en otoño. No me imagino un “Lo que el viento se llevó” sin su tierra yerma y su hoja cayendo del árbol arrastrada por el temporal. “Francamente, querida...” , no hubiera sido lo mismo.
Termino mi cerveza, esperando que todos en casa estén dormidos. Pero sé que hoy no será mi día de suerte. Comienzo a caminar. Me cruzo con varias parejas que miran espantadas mi soledad. No hay mejor compañía que la de uno mismo. Pienso en la última vez que estuve en compañía. Relatos de cariño bien fingidos que incrementan la soledad de las horas anteriores al alba cuando todo permanece en silencio. Porque al caer la lluvia, la ciudad de los sueños borra sus colores.
Corazón o razón. Apenas retazos de lo que un día fuiste. Todo se apaga. Todo se muere. Pienso en conversaciones pasadas. Son muchos años de rol adquirido que impiden diferenciar la persona del personaje. ¿Qué tal estas? Acatarrada. ¿Qué tal estas? Un poco mareada. Nos vamos acercando a la verdad, que siempre es una mentira a medias.
“Llevatela lejos, contigo” y en ese momento el cigarro comienza a volverse amargo, salado, agridulce. Y pienso en él, en la persona a la que quise. Él que nunca va a volver. Él que ahora es una lápida en el cementerio donde una parte de mi corazón anunció un cerrado por derribo. “Escribe, pinta, sonríe” me decías. Pero ya no puedo enseñarte mis textos, ya no puedo pintarte con mis colores y mi sonrisa hace años que no llega a mis ojos. Los días de caracol, cuando ya no puedo sentir tu cálido abrazo, se convierten en días de caracol a secas.
Llegan unos vecinos. Los saludo. Una sonrisa. Un buenas noches. Otro cigarro. Es tan fácil fingir. Subo a casa.
-¿Qué tal todo?
-Bien.
-¿Te reíste mucho con la actuación?
-Créeme mamá… lloré y todo.
Y la mentira a medias se convierte en la verdad universal en la ciudad de los sueños.
AVEC LE TEMPS, VA, TOUT S’EN VA
LEO BARRÉ
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