Hoy se cumplen dos años de aquel suceso. Entre las frías sábanas de mi alcoba, suspiro aún por ella. Así era Marujita. Llena de vida. Aún recuerdo cuando la conocí. Aquello fue un flechazo de amor, algo que desafiaba intensamente mis sentidos y me hacía padecer oleadas de ternura.
Su cuerpo de ébano, tendido en el suelo cual sirena, me hizo saber que aquel sin duda era mi primer amor.
El caso de Vicenta, fue diferente. No es que sea xenófoba pero al fin y al cabo, todos tenemos nuestros prejuicios.
Si Marujita me había hechizado con su amor... Vicenta me repelía. Sus piernas no eran piernas, sus ojos no eran ojos, su boca,.... su boca era algo que yo nunca querría besar.
En cambio Marujita era diferente. Ella me miraba con sus ojillos ennegrecidos como el carbón salido directamente del "chamizu" y me hacía tiritar de amor enfebrecido. La amaba. Creo que eso es y era evidente.
Por eso llore con tanto ahínco su muerte. Con ella se marchaba toda una vida de sueños, de proyectos compartidos, de misterios de la vida por resolver. Lo de Vicenta, sí, lo confieso. Así lo declaré ante el juez y así se lo digo a usted.
La maté porque la odiaba por separado y aunando sus ocho patas. La maté porque era deforme y porque su vida hacía que la mía no tuviera sentido. No sentí remordimiento. Lo mío sólo se podría calificar como auténtico pavor no producido por un asesinato. Ya he pagado mi deuda. No me importa.
Si la curiosidad les mata les diré que fui yo quién lo hice. Con la premeditación propia del homicida cogí el diccionario de la RAE y apunte con la A --de asquerosa araña-- a Vicenta. Tras ello, sus patas se encogieron. La enterré fuera del pueblo en un descampado, sin embargo la locura en la que me encontraba sumida hizo posible el más incierto de los imposibles. Mi vecino me vio portando el cadáver segundos antes de cavar su tumba en la tierra. Ese fue mi error, pero por ello la he cumplido condena. Sin duda se asustó por su cara angelical. Pero yo sabía que era solo fachada.
El caso de Marujita fue diferente. Un día, sin saber bien cómo ni por qué, apareció muerta. Sus antenillas ya no dibujaban corazones de amor. Su cuerpo de ébano yacía ahora ante mí, sin la vida que tanto me había llegado.
Su cuerpo de ébano, tendido en el suelo cual sirena, me hizo saber que aquel sin duda era mi primer amor.El caso de Vicenta, fue diferente. No es que sea xenófoba pero al fin y al cabo, todos tenemos nuestros prejuicios.
Si Marujita me había hechizado con su amor... Vicenta me repelía. Sus piernas no eran piernas, sus ojos no eran ojos, su boca,.... su boca era algo que yo nunca querría besar.
En cambio Marujita era diferente. Ella me miraba con sus ojillos ennegrecidos como el carbón salido directamente del "chamizu" y me hacía tiritar de amor enfebrecido. La amaba. Creo que eso es y era evidente.
Por eso llore con tanto ahínco su muerte. Con ella se marchaba toda una vida de sueños, de proyectos compartidos, de misterios de la vida por resolver. Lo de Vicenta, sí, lo confieso. Así lo declaré ante el juez y así se lo digo a usted.
La maté porque la odiaba por separado y aunando sus ocho patas. La maté porque era deforme y porque su vida hacía que la mía no tuviera sentido. No sentí remordimiento. Lo mío sólo se podría calificar como auténtico pavor no producido por un asesinato. Ya he pagado mi deuda. No me importa.

Si la curiosidad les mata les diré que fui yo quién lo hice. Con la premeditación propia del homicida cogí el diccionario de la RAE y apunte con la A --de asquerosa araña-- a Vicenta. Tras ello, sus patas se encogieron. La enterré fuera del pueblo en un descampado, sin embargo la locura en la que me encontraba sumida hizo posible el más incierto de los imposibles. Mi vecino me vio portando el cadáver segundos antes de cavar su tumba en la tierra. Ese fue mi error, pero por ello la he cumplido condena. Sin duda se asustó por su cara angelical. Pero yo sabía que era solo fachada.
El caso de Marujita fue diferente. Un día, sin saber bien cómo ni por qué, apareció muerta. Sus antenillas ya no dibujaban corazones de amor. Su cuerpo de ébano yacía ahora ante mí, sin la vida que tanto me había llegado.
Al entierro, queridos amigos, fueron multitud de amigos. Todos los "buenos" bichos del lugar acudieron. El sacerdote, vestido con un frac verde, encomendó su alma al Creador. Nunca, en todo el país, hubo tanto duelo por la muerte de una cucaracha. Y es que, Marujita, llenaba todas y cada una de las vidas que tocaba.
Hoy, cuando se cumplen dos años de su muerte siento más que nunca su pena.
Descansa en paz, amor. Nosotros nunca te olvidamos.
1 comentario:
Que conmovedora historia. Que buen corazon tiene usted.Por favor, cuente mas historias de la vida de Marujita y Vicenta, seguro que tiene tantas cosas de contar de ellas, que llenariamos un mina (por poner un ejemplo).
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